La humanidad de los perros


Por Gerardo Cadierno. El escritor italiano de origen sefaradí y sobreviviente del Holocausto, Primo Levi, sostuvo que “se comprendere è impossibile, conoscere è necessario” lo que implica dos necesidades: memoria e historia.

Emiliano Cadierno Riera fue internado en el campo de concentración alemán de Buchenwald el 21 de agosto de 1944. Previamente estuvo internado en campo francés de Compiegne en Rethondes donde las autoridades del gobierno de Vichy lo habían hacinado. 

Alférez en el Arma de Infantería del Ejército Popular destinado al Cuadro Eventual del XX Cuerpo de Ejército, pasó la frontera a causa de la derrota de las tropas que defendían a la II República Española en 1939, y arribó a uno de los hoteles de Perpiñán, que el Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles (SERE), había convertido en centros de estancia y acogida de los exiliados. 

Ya en Buchenwald, como el dictador y “caudillo de España por la gracia de Dios”, Francisco Franco decía que no había españoles en campos nazis, le impusieron el triángulo azul de los apátridas acompañado de la S de Spanien. Organizados, los teutones le asignaron un número: el 81.100.

Allí fue destinado al subcampo Schönebeck/Elbe I, conocido como Junkersvverke SchönebeckSchönebeck donde fue uno de los 1158 trabajadores esclavos de una fábrica de repuestos para aviones propiedad del grupo Junker.



Los primeros subcampos de Buchenwald se establecieron en 1941 para que los prisioneros pudieran trabajar en las industrias cercanas de las SS, las Schutzstaffel, una organización paramilitar, policial, política, penitenciaria y de seguridad al servicio de Adolf Hitler y del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán en la Alemania nazi.

En 1942, las SS comenzaron a utilizar su oferta de trabajo forzoso para la producción de armamento.

Así, 'alquilaban' prisioneros a fábricas que tenían demanda de mano de obra esclava por la cual las empresas privadas pagaron a las SS entre 4 y 6 Reichsmarks por día por prisionero.

Hubo 136 subcampos en total donde las condiciones eran peores que en el campo principal, y los prisioneros tenían comida insuficiente y alojamiento inadecuado.

La humanidad de un perro
Tras la liberación de Buchewald, volvió a Xixón donde vivió frente a la playa de San Lorenzo, en la casa que Rafaela, su madre, rentaba junto a su hermana menor, Josefa. En esa casa, para sobrellevar la miseria de la posguerra Rafaela y Josefa recibían viajantes de comercio a quienes, cada tanto, hospedaban. 

Fue Josefa quien, décadas después, me contó que había escuchado a Emiliano contar a los pensionistas que a muchos de los presos del campo los trataban -literalmente- como a perros: los encadenaban, los obligaban a ladrar y les arrojaban mendrugos a cambio de morisquetas.

Ese relato me trajo a la memoria que el filósofo lituano Emmanuel Levinas recordaba que en el campo de concentración de Hannover, en el que estaba detenido, había un perro callejero que les hacía jueguitos cuando regresaban desde los trabajos forzados.

Un perro les devolvía la humanidad que otros hombres estaban destruyendo tratándolos como a perros, reflexionaba.

Una factoría del horror
Creado en 1937, Buchenwald fue liberado el 11 de abril de 1945. Se estima que en él estuvieron presas 250.000 personas de todos los países de Europa. El número de víctimas causadas por el hacinamiento, enfermedades, trabajos forzados, tortura, experimentos médicos y fusilamientos se calcula en 56 000.

“Un perro les devolvía la humanidad que otros hombres estaban destruyendo tratándolos como a perros.”

En la puerta de hierro que franqueaba su entrada figuraba el lema de la dinastía prusiana Hozenzollern: Jedem das Seine, una traducción al alemana de la frase latina Suum cuique, literalmente a cada uno lo suyo, aunque se puede interpretar también como a cada uno lo que se merece.

Un lema de crueldad imperdonable, del estilo que el Arbeit macht Frei (El trabajo nos hace libres), emplazado en las entrada del campo de exterminio de Auschwitz.

Emiliano Cadierno Riera era el menor de los ocho hijos de Francisco Cadierno Justel y Rafaela Riera Argüelles. De buena planta, había nacido en la asturiana Cancienes en 1914. Murió en Xixón, Asturies en 1953.

El orgullo de ser asturiano 

Liberado de un campo nazi y en Francia, un asturiano le escribe a un paisano exilado en México. Este es el final de la carta:

"El 5 de mayo un americano descendiente de españoles nos abrió las puertas del campo. Fuimos liberados unos 25 mil hombres, muchos han muerto ya  pues cuando la liberación llegó estaban completamente agotados, entre ellos, bastantes españoles.

Un crecido número de compatriotas están en los hospitales y los que mejor estamos nunca valdremos nada. 

En Francia nuestra situación no es buena: se acerca el invierno y no tenemos ropa de abrigo ni calzado.

Ya comenzó el frío y algunos pasaremos a mejor vida.

La vida en Francia es difícil: poco se puede comprar, todo escasea y lo poco que hay cuesta un ojo de la cara.

Confiamos en vuestra ayuda y solidaridad. En verdad la necesitamos.

Pero si esto fuese distraer un esfuerzo en la lucha contra Franco no penséis en nosotros.

¡Seguid adelante!, con la vista puesta en España que es el objetivo permanente de todos y cuando estéis allí, pensad en nosotros  y llevadnos a dormir nuestro último sueño en nuestra tierra a la que tanto queremos y por cuya libertad luchamos y damos nuestra vida.

Salud a todos..."

Un abrazo de piedra por las víctimas del nazismo

Una escultura del escocés Toby Govan en la plaza de La lechera de Cancienes de Asturies recuerda a sus vecinos, Emiliano Cadierno y Juan Suárez, deportados en Buchenwald y Mauthausen

La iniciativa fue impulsada por IU de Corvera y por Somos y fue respaldada de forma unánime por el resto de partidos políticos. 

Con el título Abrázanos, nunca más nos separará la barbarie, Govan cuenta que "la idea es que este tipo de hechos no vuelvan a ocurrir".

La figura está formada por una familia compuesta por dos adultos, una joven y un niño que se abrazan, realizada con caliza rojiza y con unas dimensiones de 1,30 metros de alto, por un metro de ancho y un metro de volumen.

La intención es que se encuentre a mano de todo aquel que desee visitarla. "Representa el calor humano y mi intención es que la gente siempre toque las esculturas", comenta Govan.

Juan Suárez fue asesinado en Mauthausen, mientras que Emiliano Cadierno pudo sobrevivir a la barbarie de Buchenwald. 

"Surge por un movimiento memorialista que se pide en todos los ayuntamientos de España reconocer a todas las víctimas del nazismo. Es un homenaje y creemos que es el momento, después de 40 años de olvido, de empezar a recordarles y que las nuevas generaciones aprendan de los valores que defendieron y les llevaron a esos campos de concentración", asegura Sara Paz, de Izquierda Unida, y una de las impulsoras de este tributo junto a Rogelio Crespo de Somos.




El 16 de enero de 2026 en La Lechera de Cancienes, se rindió homenaje a Emiliano Cadierno Riera, vecino que sufrió el exilio y la deportación durante la Segunda Guerra Mundial.

Se colocó una Stolperstein en un acto para mantener viva la memoria y recordar a quienes fueron víctimas del horror nazi.

El Stolperstein —esa “piedra de tropiezo”— es más que un adoquín con una placa de latón incrustada en el suelo que devuelve un nombre propio al lugar más cotidiano: la calle. Su fuerza está en eso: no es un monumento lejano, sino una memoria a escala humana, hecha para que alguien pase, “tropiece” con la historia y se detenga a leer. 

El Stolperstein fue creado por el artista alemán Gunter Demnig para recordar a las víctimas del nazismo con piedras colocadas en las veredas frente a sus últimas residencias voluntarias para que la gente se detenga y recuerde su historia. Es el proyecto de memorial descentralizado más grande del mundo, extendido por más de 30 países europeos. 

Cada Stolperstein rompe la lógica del número y del anonimato que impusieron los campos: convierte la ausencia en presencia, y recuerda que detrás de cada deportación hubo una vida concreta, un hogar, una familia y un proyecto truncado.

Participaron del acto el Grupo Deportados Asturias, familiares, Iván Fernández García, alcalde de Corvera y Begoña Collado Villa, directora general de Memoria Democrática de Asturias



El texto que escribí para ser leído en la colocación del Stopelstein

Buenas tardes a todas y todos.

Quiero empezar diciendo algo simple y evidente: yo no estoy ahí. Estoy en Buenos Aires, la ciudad del fin del mundo, a la que mi abuelo emigró en 1920, y donde nací, crecí y desde donde hoy escribo estas palabras para que sean leídas en una Asturias que nombra en voz alta a mi tío abuelo Emiliano Cadierno Riera.

Quiero expresar en nombre de nuestra familia, un agradecimiento a quienes hacen posible este homenaje a Emiliano: al Ayuntamiento de Corvera de Asturias, al Grupo Deportados Asturias, y al área de Memoria Democrática del Principado de Asturias. 

Gracias también a los que acompañan y dan voz a este gesto y a cada persona que sostenga la memoria, cuide la verdad y afirme el compromiso del Nunca Más. Y también a mi prima Clara González González, quien ya no está con nosotros, por mantener vivos los lazos y la memoria de la familia.

Es esta “piedra de tropiezo” la que devuelve el nombre de Emiliano al lugar más cotidiano: la calle. Su fuerza está en que es una memoria a escala humana, hecha para que alguien “tropiece” con la historia y se detenga a leer para romper la lógica del número anónimo que impusieron los campos. Así, se convierte la ausencia en presencia, y se recuerda que detrás de cada deportación hubo una vida, un hogar, una familia y un proyecto truncado.

Para quienes buscamos memoria, es un acto de justicia y un modo de decir: existió, estuvo, sufrió, resistió. De impedir que la barbarie tenga la última palabra.

Este gesto es inmenso porque devuelve a Emiliano al lugar que siempre debió ocupar en nuestra memoria común como lo que fue: un hijo de esta tierra, refugiado de la Guerra Civil española deportado y sobreviviente de Buchenwald. 

Supe de él recién a fines de los 90, cuando su hermana Josefa me escribió una carta decisiva que rompió un silencio que había durado demasiado. Años después viajé a Xixón y hablé con ella para descubrir una historia enterrada. Hay silencios que son cicatriz.

Tiempo después, con mi prima Ruth Cadierno, empezamos a recuperar documentos, rastros, nombres, fechas. Buscamos lo que se busca cuando la historia fue escrita por la violencia: memoria, verdad y justicia. 

Hoy tenemos la memoria y parte de la verdad. Nos falta la justicia. Y por eso esta placa no es un punto final: es una señal en el camino.

Emiliano fue el menor de ocho hijos de un maestro de escuela y la derrota de la República lo empujó al exilio. Cruzó la frontera y la Francia que debía ser refugio los hacinó y los vencidos pasaron a ser un problema administrativo.
El 21 de agosto de 1944 el horror cambió de uniforme: lo deportaron bajo el triángulo azul de los apátridas, con una S de Spanien, y un número: 81.100. 

Primo Levi, sobreviviente del Holocausto, dijo: “comprender es imposible; conocer es necesario”. Así Josefa contó que Emiliano había visto cómo a muchos prisioneros los trataban como perros: los encadenaban, los obligaban a ladrar, les arrojaban migajas como si la dignidad humana pudiera repartirse en mendrugos. 

Emmanuel Levinas, recordaba que en otro campo había un perro callejero que se acercaba a los prisioneros cuando volvían del trabajo forzado y les devolvía la humanidad que otros hombres estaban destruyendo. 

En la entrada de Buchenwald, el hierro decía “Jedem das Seine”: “a cada uno lo que se merece”. Pese a a que ningún ser humano “merece” el hambre, la tortura, el experimento, el trabajo esclavo, la muerte planificada, eso ocurrió.

Emiliano sobrevivió y volvió a Xixón donde vivió frente a la playa de San Lorenzo, junto a su madre, Rafaela, y su hermana Josefa quienes en la posguerra sostenían la vida como se sostiene una vela en el viento. Murió de cáncer en la garganta, en 1953. 

Al descubrir esta placa, decimos que acá hubo un hombre llamado Emiliano Cadierno Riera. Un asturiano republicano derrotado pero no vencido y al que quisieron convertir en número y condenar al silencio. 

Por eso se homenajea, a quienes guardaron la historia, a las Josefas y Rafaelas, a tantas familias que cargaron décadas de dolor.

Esta placa es memoria para que la historia no se repita; verdad, para que el pasado no se manipule ni se niegue; y justicia, porque no alcanza con recordar: hay que reparar, reconocer, enseñar, legislar, y sostener una ética pública que no tolere nunca más la deshumanización del otro.

Que esta placa sea el lugar donde el silencio se vuelve palabra y la ausencia, presencia. 

Emiliano: hoy volvés, a tu comunidad no como número, sino como nombre. Y en tu nombre repetimos lo único que tiene sentido repetir frente a la barbarie: Nunca más.

Muchas gracias y España, mañana…..

Gerardo Cadierno
Buenos Aires, 13 de enero de 2026

Comentarios

Entradas populares

Contactame

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *